Salir del armario no es un momento, es un proceso

18/09/2026

Solemos pensar el "salir del armario" como una escena puntual: una conversación, una confesión, un antes y un después. En la práctica clínica se ve distinto. Es un proceso que se repite en cada contexto nuevo, con la familia, en un trabajo, con el médico de cabecera, con cada persona que aparece y que rara vez termina de una vez y para siempre. Cada contexto nuevo vuelve a plantear la misma pregunta: ¿Acá también lo cuento?

Hay un libro que ayuda a entender por qué ese proceso pesa tanto. En El fin del armario, el periodista y activista Bruno Bimbi retoma una idea del escritor Osvaldo Bazán que señala algo que muchas personas heterosexuales dan por sentado y que a las infancias y adolescencias LGTBIQ+ suele faltarles: el refugio de la propia familia frente a un mundo hostil. Bazán lo plantea comparando distintas infancias discriminadas: un chico judío o un chico negro sufre el rechazo del mundo, pero al volver a su casa encuentra padres que comparten esa identidad, entienden lo que le pasó y lo sostienen. Al niño homosexual, en cambio, ni siquiera se le ocurre buscar ese mismo consuelo en su familia.

Esa falta de refugio es, en parte, lo que convierte el "salir del armario" en un proceso continuo y no en un único momento: sin ese sostén desde el principio, cada nuevo contexto se vuelve a evaluar desde cero, cada persona nueva es otra vez un riesgo a calcular. Esa idea explica algo que en consulta aparece una y otra vez: no es más sensible ni más débil la persona LGTBIQ+ que llega con ansiedad, con dificultad para confiar o con la autoestima golpeada. Es que, en muchos casos, atravesó su etapa más formativa sin la red que otras personas tuvieron disponible de entrada: años de silencio o de edición constante de lo que se cuenta; menos oportunidades de practicar el vínculo de apoyo justo cuando el cerebro adolescente más lo necesita; una vigilancia permanente sobre gestos, palabras y compañías que con el tiempo puede instalarse como ansiedad social; y una vergüenza internalizada, no por ser quien se es, sino por haber tenido que ocultarlo durante tanto tiempo.

No hay una edad "correcta" para salir del armario, ni una manera válida de haberlo hecho, porque no es un evento que se pueda hacer bien o mal en un momento dado: es un proceso que cada persona atraviesa a su tiempo. Hay quienes llegan a terapia a los 40 años cargando algo que nunca pudieron nombrar en la adolescencia, y ese trabajo es igual de legítimo que el de quien lo atraviesa a los 15. Un espacio afirmativo no apura el proceso: ofrece el refugio que en su momento pudo haber faltado, para que la persona decida, a su ritmo, cómo quiere vivir su identidad de acá en adelante, contexto por contexto, las veces que haga falta.



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